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soy viento me alimento de nubes lluvia rocío
soy gaviota rozo con las blancas alas las playas del universo
soy fantasía voy corriendo duende bueno entre los sueños del día y de la noche
soy realidad vivo arraigado como un musgo sobre la cumbre del monte
soy sol doy tibieza a los miembros ateridos de miedo
soy hombre vivo de amor
Terenzio Formenti es un juglar. Un hombre que cree en los arcoiris, en las gotas de rocío, en la ternura, en el lenguaje sideral del hombre, en la armonía del universo que lo habita, en los pájaros, el mar y la belleza de las cosas simples.
Terenzio Formenti es un niño que vivió sus años sin dejar de serlo, porque allí estaba su manantial de vida, las pupilas que le permitían escudriñar los lugares más secretos de las hojas, las elipses más sonoras de una flor.
Terenzio Formenti es alguien que se dedicó con persistencia de minero a recoger cada día una gota de rocío, verterla en la fragua de su pensamiento y convertirla en palabras que regalaba a todo transeúnte que quisiera detenerse en ellas.
Y su trajinar fue esa ofrenda permanente, ese estallido de luz, ese espacio de lo mágico en medio de un planeta que se cae a pedazos.
A Terenzio no lo detiene ninguna oscuridad porque su corazón está hecho de incandescencias.
Dicen las noticias que este 25 de abril alzó vuelo hacia el territorio donde los sueños fabrican porvenires, buscando tal vez encontrarse con sus origenes, su punto de partida, su residencia de sol y agua.
Nosotros sólo sabemos que en la fuente de sus versos, en el trabajo artesanal de sus palabras, en el permanente descubrimiento de lo que somos, Terenzio se queda prendido para siempre de nuestras querencias.
Y que ahora, que anda en otros menesteres que también nos atañen y conciernen, nos toca a nosotros continuar su labor.
Si tan sólo cada uno le sembrara al mundo un asombro, a la mañana una sonrisa, al vecino una mesa servida de abrazos, al hermano una cosecha de besos…
Si tan sólo nos detuviéramos cada día a descubrir el aroma de una flor, la forma que toma el viento entre los pliegues de la hierba, el espejo de agua que se anida en las pupilas de los niños o en la travesía paciente de la hormiga
Si tan sólo aprendiéramos a nutrirnos de nubes, de auroras, de azulejos, de algas y de peces, de encantamientos, de los milagros que la vida acomete a cada instante
Podríamos tal vez convertir este planeta en la casa del hombre.
En esos oficios anda Terenzio donde quiera que esté.
Ojalá se haga nuestro rumbo y nuestra meta, para que nunca se apague su sonrisa de niño, ni se detenga su corazón de venadito alegre.
mery sananes soy viento me alimento de nubes lluvia rocío
soy gaviota rozo con las blancas alas las playas del universo
soy fantasía voy corriendo duende bueno entre los sueños del día y de la noche
soy realidad vivo arraigado como un musgo sobre la cumbre del monte
soy sol doy tibieza a los miembros ateridos de miedo
soy hombre vivo de amor
Terenzio Formenti es un juglar. Un hombre que cree en los arcoiris, en las gotas de rocío, en la ternura, en el lenguaje sideral del hombre, en la armonía del universo que lo habita, en los pájaros, el mar y la belleza de las cosas simples.
Terenzio Formenti es un niño que vivió sus años sin dejar de serlo, porque allí estaba su manantial de vida, las pupilas que le permitían escudriñar los lugares más secretos de las hojas, las elipses más sonoras de una flor.
Terenzio Formenti es alguien que se dedicó con persistencia de minero a recoger cada día una gota de rocío, verterla en la fragua de su pensamiento y convertirla en palabras que regalaba a todo transeúnte que quisiera detenerse en ellas.
Y su trajinar fue esa ofrenda permanente, ese estallido de luz, ese espacio de lo mágico en medio de un planeta que se cae a pedazos.
A Terenzio no lo detiene ninguna oscuridad porque su corazón está hecho de incandescencias.
Dicen las noticias que este 25 de abril alzó vuelo hacia el territorio donde los sueños fabrican porvenires, buscando tal vez encontrarse con sus origenes, su punto de partida, su residencia de sol y agua.
Nosotros sólo sabemos que en la fuente de sus versos, en el trabajo artesanal de sus palabras, en el permanente descubrimiento de lo que somos, Terenzio se queda prendido para siempre de nuestras querencias.
Y que ahora, que anda en otros menesteres que también nos atañen y conciernen, nos toca a nosotros continuar su labor.
Si tan sólo cada uno le sembrara al mundo un asombro, a la mañana una sonrisa, al vecino una mesa servida de abrazos, al hermano una cosecha de besos…
Si tan sólo nos detuviéramos cada día a descubrir el aroma de una flor, la forma que toma el viento entre los pliegues de la hierba, el espejo de agua que se anida en las pupilas de los niños o en la travesía paciente de la hormiga
Si tan sólo aprendiéramos a nutrirnos de nubes, de auroras, de azulejos, de algas y de peces, de encantamientos, de los milagros que la vida acomete a cada instante
Podríamos tal vez convertir este planeta en la casa del hombre.
En esos oficios anda Terenzio donde quiera que esté.
Ojalá se haga nuestro rumbo y nuestra meta, para que nunca se apague su sonrisa de niño, ni se detenga su corazón de venadito alegre.
mery sananes
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